Carta de amor a Audrey Hepburn: Breakfast at Tiffany’s | Reseña

El leído el libro de Truman Capote al menos tres veces, pero la película la he visto al menos más de siete; no llevo la cuenta. Cada que aparece en la televisión, cada que me dan ganas de buscarla en Netflix, cada que me acuerdo que aún hay un DVD en mi casa. Así que, quizá con la esperanza de que se enamoren de esta película tanto como yo, o simplemente sólo de Audrey Hepburn, vengo a escribir de ella. La película se estrenó en octubre de 1961, este año cumple 55 años. El libro, una novela bastante corta, había sido publicada apenas tres años antes por Truman Capote.

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Entre la novela y la película hay un sinfín de cambios que desesperarían incluso al lector menos purista. Esta no es una película que tienes que ver sólo porque leíste el libro, a lo mejor descubres que el único parecido entre los dos productos es que la protagonista se llama Holly Golightly, una chica que se gana la vida saliendo con hombres adinerados y pidiéndoles dinero para el taxi o el tocador. Ah, y en que llama Fred a su vecino de arriba y le pide las llaves. La verdad es que estoy exagerando, pero creo que tanto libro y película se deben disfrutar por lo que son y no como una comparación entre los dos.

La película fue dirigida por Blake Edwards, aunque en principio de la dirección se iba a encargar John Frankheinmer. Audrey Hepburn tampoco fue la primera elegida para el papel, puesto que Capote había pedido expresamente que el protagónico fuera para Marilyn Monroe, aunque finalmente esto no ocurrió. Aunque me encanta Hepburn en el papel, nunca he dejado de preguntarme cómo hubiera acabado siendo la película si Monroe hubiera interpretado a Holly.

La película al día de hoy es icónica. El vestido Givenchy negro que Audrey Hepburn usó en la escena inicial se subastó en 2007 por más de 700.000 euros y casi todo el mundo reconoce a la actriz en ese vestido, de hecho, Audrey le fue fiel a la marca Givenchy durante toda su vida. Además, la película ganó dos Óscares, de cinco nominaciones (entre ella la de Mejor Actriz para Audrey Hepburn); las estatuillas fueron para Mejor Banda Sonora y Mejor Canción Original, gracias a la icónica Moon River que canta Holly en una de las escenas.

La trama es sencilla: Paul acaba de mudarse cuando conoce a Holly, una mujer de vida nocturna, que vive de las propinas y le promete al fotógrafo que vive arriba, cada vez, que dejara que le tome algunas fotos. Nos presentan a Holly Golightly como una mujer que quiere ser libre por sobre todas las cosas y que parece que sigue en busca de algún lugar al que llamar hogar: en su departamento los muebles no son muchos y aún hay maletas desperdigadas por allí; sin mencionar, además, al gato sin nombre que posee y al que, jura, le pondrá nombre en cuanto se instale en alguna parte. En medio del ambiente en el que vive, organiza fiestas, visitas a mentes maestras del crimen en la cárcel, muy puntualmente, todos los días de visita y a veces tiene lo que ella llama días rojos, esos días en los que a nadie le apetece hacer nada. Y cuando eso pasa, toma un taxi y va a Tiffany’s, la joyería de la quinta avenida.

Paul, al que erróneamente Holly llama Fred, como su hermano, queda cautivado por la mujer que vive en el departamento de abajo. Y con él, miles de espectadores. La interpretación de Audrey Hepburn es magnífica: muestra las debilidades de Holly, su desesperación por no estar atada a nada, ni a nadie y esa alergia al amor y al romanticismo o, quizá, simplemente a a idea de que enamorarse implique pertenecer a alguien más, como bien remarca en la película.

we dont belong to each other

Audrey brilla en la película, se la roba. A veces, apenas me puedo acordar que su co protagonista fue George Peppard cuando acabo de ver la película y en mi cabeza, la Holly que imaginó Capote (que no es la misma de la película) tiene la cara de Audrey Hepburn.